Los acostumbrados. – Magali Tajes

No miramos el cielo, porque lo tenemos siempre a la vista.

Jean de Monet

Ahí están, ellos son, los acostumbrados del amor. Con sus dos, tres, ocho años de relación. Con sus todo bien, todo tranquilo como respuesta la pregunta ¿y ustedes cómo andan? ¿Cómo se puede estar tranquilo y enamorado? ¿No es el amor la turbulencia de un avión con destino incierto? ¿No es el amor un huracán que arrasa la rutina? ¿No es el amor la más milagrosa y la más rebelde de las revoluciones?

Ahí están, ellos son, los acostumbrados del amor. Con sus almuerzos en casa de los suegros, y sus sábados de cine, y sus domingos de nada. Con sus besos fríos, sin lengua, apurados, habituales. Teniendo sexo siempre de la misma forma, sacándose la ropa de la misma manera, ni siquiera muta desvistiéndose cada uno por su lado, para hacer eso que se tiene que hacer.

Ahí están, ellos son, los acostumbrados del amor, deseos de hacer fuego de las cenizas, esperanzados de resucitar lo que ya no sienten, desesperados por mirarse aunque sea una vez, una última vez, como la primera.

Ahí están, ellos son, los acostumbrados del amor. Y yo los reconozco apenas los veo, porque fui una, porque a veces el amor tiene esa puta costumbre de acostumbrarte. Pasás de ser una persona que vive un pogo emocional a la que se va antes de un recital para no bancarse el tránsito, para llegar rápido a casa, para qué.

Los acostumbrados del amor hablan demasiado de casamiento, de fidelidad, de monogamia, callan el hastió y la tristeza de ver pasar los días sin que nada pase. Los acostumbrados se niegan a hacer cosas que los hagan felices por separado, a ver si todavía eso los separa, a ver si separados se dan cuenta de que están mejor. Los acostumbrados odian la costumbre pero no pueden dejarla. No saben quiénes son sin ella. ¿Vos sabes quién sos sin alguien?

Los acostumbrados pueden ser artistas u oficinistas, sagitario y capricornio, fanáticos de los Rolling, o de los Beatles, porque no los define su profesión, ni su signo, ni sus pasiones, los definen sus miedos. En los acostumbrados todo gira alrededor del miedo.

¿Y si me quedo solo para siempre? ¿Y si no encuentro alguien mejor? ¿Y si esta es la persona que más me quiere en el mundo? ¿Y si mi aburrimiento es pasajero? ¿Y si la próxima relación que tengo también es así? ¡Pará! ¿Y si el amor es así… monótono?

Tibios. No saben lo que se pierden.

¿Para qué tenes el corazón? ¿Para experimentar o de adorno?

Insensibles. No saben lo que se pierden.

Si la vida es que te pasen cosas, que te pase alguna, carajo.

El amor a veces muere. Afuera del miedo hay amores vivos. Los amores vivos asustan más que los amores muertos. Los amores muertos no son amor, son fantasmas. Cuando abrazas demasiado tiempo a un fantasma, corres el peligro de convertirte en uno, y cuidado con eso, acostumbrado: los fantasmas no saben sentir.

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