Del libro «Caos» de Magalí Tajes.
La iglesia dice: El cuerpo es una culpa.
La ciencia dice: El cuerpo es una máquina.
La publicidad dice: El cuerpo es un negocio.
El cuerpo dice: Yo soy una fiesta.
Eduardo Galeano
El cuerpo es la única casa que vas a habitar durante toda tu vida.
Uno anda convencido de que tiene un cuerpo, pero el cuerpo es una casa de la que no poseemos escritura. Uno no tiene, uno es también su cuerpo.
Dice la ciencia que el cuerpo es una maquina perfecta. Pero, a veces, la ciencia también se equivoca: el cuerpo no es máquina, el cuerpo es humano. Un universo de misterios.

¿Qué hacemos cuando nos enfrentamos a un misterio? Lo reducimos hasta poder comprenderlo. Eso hizo Descartes, un filósofo, matemático y fisco francés (cuando no existía el wi fi, las personas estudiaban varias carreras), con el cuerpo. Fue Descartes el primero que redujo el cuerpo a una entidad del ser humano, el primero que dividió el cuerpo de la mente. ¿Alguna vez expresaste: mi cabeza dice una cosa pero mi corazón dice otra? Se lo debés a Descartes. El problema no llego con la división, sino con el valor puesto a cada entidad. Descartes tenía su fe en la razón. Su hit filosófico, que sigue sonando incluso en radios de la actualidad, fue “pienso, luego existo”. Y nosotros no pudimos más que hacer infinitos covers de ese éxito. El cuerpo quedó aparte, y apartado.
Uno no dice: tengo una mente. Lo que pensamos, lo que defendemos, lo que pasa por nuestro cerebro, es lo que somos. Es lo que define que existamos, lo que nos eleva de ser otro animal más. Pero a lo que nos pasa por el cuerpo siempre andamos buscándole sentido. Estamos desentendidos de nuestro cuerpo. El cuerpo nos resulta alguien extraño que, cada tanto, se enferma, se lastima, nos molesta. Es algo que hay que cuidar. Es el cuerpo el que nos recuerda que somos frágiles, pasajeros, mortales. Quizás no querer saber del cuerpo es no querer saber de la muerte.
Pero si no sabemos de la muerte, ¿sabemos de la vida?
Durante años, odié mi cuerpo. Odiaba que no fuera
brutalmente flaco, especialmente alto, ignorante de la perfección. Odiaba no
ser rubia, no tener ojos claros, no tener piernas largas. Odiaba que mis
mejillas fueran carnosas, que mis dientes estuvieran torcidos, que mis manos transpiraran
en demasía cuando alguien algo me ponía nerviosa. Odiaba caminar sin
sentido de la sensualidad, odiaba mi pelo constantemente enredado (¿Qué motivos
me llevaron a la guerra con los peines desde que nací?), odiaba destartalarme
cada vez que me reía. Odiaba las fotos que me revelaban todas esas cosas, y
sobre todo el espejo, el maldito espejo, que no solo no disimulaba ninguna de
las naturalidades que yo consideraba defectos, sino que en algunos casos las
potenciaba (si el infierno existe, que ardan ahí todos los espejos de los
probadores de ropa de mujer).
Durante años, tuve discusiones trágicas con mi cuerpo, apretándome los rollos de la panza, insultando la celulitis, bastardeando mis estrías. Durante años, cambié el color de mi pelo infinitas veces, use taco aguja, lo tapé con ropa, con mucha ropa, con tanta ropa como fuese posible, para que el cuerpo se hiciera invisible.
Y el cuerpo se enfermó. El cuerpo se enfermó mucho. Y lo odié más.
Hasta que un día, quise a alguien. Me enamore con la pasión y la estupidez con las que se enamoran las personas cuando descubren que pueden hacerlo. Y él también se enamoró de mí. Resultó que irónicamente, a él le gustaron mucho mis dientes torcidos, y a mi extrañamente me gustó su nariz quebrada en tres partes. El no tuvo ningún problema con mis estrías, y yo me convertí en la fan número uno de su cicatriz en la mejilla izquierda. Y entonces, me pregunte por primera vez en la vida, a los dieciocho años, por que yo necesitaba ser alta, flaca y peinarme., Yo creí que lo necesitaba para querer para que me quieran… y era mentira.
Con el correr de los días, me di cuenta que no había sido la única engañada. Mis amigas, y la mayoría de las personas que conocía, también detestaban su cuerpo, incluso las que cumplían con los ideales demandados. La cuestión no era entrar en los parámetros de la belleza, la cuestión siempre había sido dominar nuestros cuerpos. Someterlos, con bombardeos de palabras desde las publicidades, la medicina, la televisión, el cine, la literatura, a la idea fundamental: tu cuerpo siempre está equivocado, tu cuerpo es tu enemigo.
Con el cuerpo de rival, pasamos todos los días frente al espejo. ¿Por qué no relajarse cuando nadie nos mira? Porque nos estamos mirando nosotros.

Con el cuerpo de rival, nos sentimos incomodos de nosotros mismos ¡A la mierda los estándares! El cuerpo no es bello por cumplir los requisitos estéticos de la época, el cuerpo es bello porque está vivo.
Con el correr de los días, descubrí que era mucho más sano que el cuerpo dejara de ser mi cuerpo para empezar a convertirse en mí.
No tenemos una mente, no tenemos un cuerpo, ellos nos tienen a nosotros. Los tres somos lo mismo. Como los mosqueteros, todos para uno y uno para todos.
El cuerpo es la única casa que vas a habitar durante toda tu vida.
