Un relato de Arde la vida de Magalí Tajes, una invitación a reflexionar sobre como vemos a otro, ¿o a nosotros mismos?
Las personas queremos hablar. Siempre hay algo adentro que
nos perturba. Un
secreto, una culpa, una responsabilidad, un miedo, un
amor imposible. Queremos
decirlo, pero no nos animamos. Hacemos cosas estúpidas
por no animarnos. Ponemos
indirectas en alguna red social. Nos emborrachamos. Nos
drogamos. Caminamos
distraídos por una avenida, con el semáforo en verde,
pensando cómo tomar valor.
Las personas queremos hablar. Queremos, pero nos da
terror. Que por lo dicho
nos marginen. Nos abandonen. Nos insulten. Empiecen a
hablar con otros mal de
nosotros. Y esos otros también nos marginen, nos
abandonen, nos insulten.
Las personas queremos hablar. Y entonces cuando ya es
impostergable el deseo
de poner en palabras el dolor, la locura, la trampa, la
angustia, lo erróneo, el
silencio… Abrimos la boca y se lo contamos a un
extraño.
Desde chica fui una de esas extrañas a la que la gente
le cuenta cosas. Yo no
entendía bien por qué, pero me gustaba ser el baúl de
los secretos de esos extraños.
Ellos relataban sus historias, y yo los escuchaba. No
porque fuera buena, sino porque
siempre me fascinaron las historias. Hay gente que está
muy loca en el mundo, y eso
no es una novedad. También hay gente muy brillante.
Idiota. Servil. Confundida.
Irónica. Perdida. Maldita. Ambiciosa. Yo no me negaba a
las historias de ningún
extraño. Y les voy a contar un secreto: Hasta el más
hijo de puta, tiene un buen acto.
Hasta el más cordero, puede ser lobo.
Estamos en un bar, tomando algo. Hablamos de su abuelo
alemán, me cuenta que
fue nazi. Yo, sorprendida, le pregunto si quiso decir
que fue asesinado por los nazis, y
me dice que no, que era nazi. Me dice que él también
tiene sentimientos nazis.
¿Cómo cuáles? Y empieza a decir todas esas frases que
los argentinos conocemos
bien:
Hay que matar a todos los negros. Hay que poner bombas en las villas. Europa
es otro mundo.
Le digo que no estoy de acuerdo, y que además estoy
incómoda. Me pide
disculpas, y me cuenta que él ama al abuelo. Que se
crio con él, y que supone que es
normal que tenga muchas de sus ideas. Me dice que el
papá se suicidó cuando él era
un nene. Que se pegó un tiro en la sien porque fundió
la empresa. Mi abuelo ya
murió, me dice. A veces lo veo. ¿Lo ves o lo sentís?
No, lo siento. Pero yo sé que es
él.
Estoy en una fiesta, tirada en un sillón. Un pibe se
sienta al lado mío. Es muy
flaco, está pálido y pasado de merca. Le pregunto si
está bien. Me dice que no, que se
cagó encima. Le pregunto si quiere que lo ayude, que
podemos pedirle algo de ropa al
dueño de la casa para que se cambie. No me contesta. Yo
lo miro un tiempo largo.
Tengo miedo de que se desmaye. Tengo terror de que se
muera ahí. «Yo no me puedo
drogar más», se queja, «soy un
pelotudo. Mi vieja se llega a enterar que yo me drogo
y se muere. Es lo más grande que hay mi vieja, ¿sabés?
Es lo más grande».
Le digo que no es fácil salir de la droga, pero que
tengo amigos que lo hicieron.
Que lo puedo acompañar un día, si quiere, a Narcóticos
Anónimos. «Ni en pedo», me
dice. «Yo la voy a dejar solo. Ya está, este
es el último día que consumo. La merca no
es nada, boluda. ¿Sabés cuántas cosas probé? Coca,
paco, nafta»… Nombra drogas
que ya no recuerdo, y que no conozco. « ¿Sabés cuántas
veces caí en cana por robar,
para tener un mango para la blanca?». Sonríe: «La blanca es
la más rica. El paco es
la peor. ¿Sabés por qué me drogo?». Le digo
que no, que supongo que como todos,
se quiere escapar un rato de la realidad. Él dice que
sí con la cabeza. «La vida es una
mierda, boluda». Yo sonrío.
«Bueno, eso lo decís ahora que estás todo cagado». Él
apenas se ríe, y diez segundos después, está vomitando.
Estoy en París, en un hostel. Hay un pibe igual a
Pavone, el jugador de fútbol. Me
escucha hablar y me pregunta si soy argentina, y le
digo que sí. Él se alegra, es
cordobés. No puedo explicar con palabras la emoción que
te da encontrarte con
alguien de tu país cuando estás a tantos miles de
kilómetros. Ese era mi día más triste
en París, y Pavone, como buen cordobés, lo cambió por
completo. Decidimos ir a
Euro Disney. En el tren me cuenta que vivió 8 años en
Marbella, España, con su
exnovia también cordobesa. Que un día decidió que tenía
ganas de irse a Noruega, y
la novia no lo banco. «Yo le seguí
hasta acá», me dice que le dijo. «Quisiste
venir a
España, dejamos todo, y vinimos. ¿Y ahora Noruega? No
sabés ni hablar inglés».
Pavone dice que la extraña muchísimo, que a veces la
llama, pero que no se
arrepiente de haberse ido a Noruega. Que apenas llegó
no tenía ni plata, ni casa, ni
laburo. Que se puso a laburar en una pescadería, y que
se levantó una noruega que le
enseñó a hablar inglés. « ¿Y cómo te la
levantaste sin el idioma?», me sorprendo con
inocencia. «Llevándola a la cama, donde nos entendemos
todos», se ríe Pavone.
Estoy en una casa, hablando sobre una noche que fui a
bailar a Vorterix, un
boliche gay friendly. Cuando estoy levantando los
platos, se me acerca la chica que
tenía sentada en diagonal y me pregunta susurrando
dónde queda Vorterix. Le digo en
Colegiales. Y me dice: «Porque quiero
ir, creo que me gustan las mujeres». Yo alzo
los hombros, medio torpe: «Pero… ¿vos no
te estás por casar?». «Sí, pero no sé si
amo a mi novio. Es un chico divino, no quiero que
pienses que no. Es bueno. Es
demasiado bueno, para ser sincera. Pero no me pasan las
cosas del amor». « ¿Y
cuáles son las cosas del amor?», le
pregunto. «No sé, las cosas. Extrañar, querer
tener sexo, proyectar». «Bueno, el amor no tiene por
qué tener una forma. La forma
se la damos nosotros, ¿no? Y va cambiando con el
tiempo, quizás el casamiento te
asusta y eso te hace entrar en duda», le digo
intentando ser útil. Ella se queda
callada. «Mi papá abusó de mí… cuando era
chica. ¿Vos crees que eso pudo haber
hecho que yo odiara a los hombres?». Apoyo los
platos en la mesada. «Uh. Mmm…
Bueno… sí, puede que sí. Pero que odies a los hombres
no te hace lesbiana». « ¿Y qué
te hace lesbiana?». «Que te gusten las mujeres,
supongo». Sonrío. «Y ni siquiera. A
veces te gusta una mujer, y también te gusta un
hombre». « ¿No crees que
es mentira
que te puedan gustar las dos cosas, Magalí?». Me quedo
pensando. «Yo creo que la
sexualidad, es lo que se siente. Y si sentís las dos
cosas, está bien. No te prives de
descubrirte, date tiempo y sobre todo, si no amás a ese
pibe, no te cases».
Cuando alguna vez te sientas solo, pensá que hay un
millón de extraños ahí
afuera, sintiéndose como vos. Tal vez, en alguna parada
de colectivo, en algún bar, en
algún cumpleaños, en algún tren, en algún país, cruces
a alguno de esos extraños, y te
cuente su historia. Escuchala. Quizás vos también seas
un extraño contándole a otro
tu historia algún día.
