La loca Tita

Un relato de la puerta azul del libro «caos» de Magalí Tajes que nos invita a reflexionar y conocernos mejor.

En el barrio le decimos la loca Tita. Tita porque se llama Roberta, y loca porque no deja pasar oportunidad para gritar barbaridades a los vecinos. Tita insulta que da calambre, y al contrario de otros locos, su relación con la coherencia es inaudita. Tita acusa con la verdad «yo estoy loca, pero no soy boluda» me dijo una tarde muerta de domingo que vino a casa a tomar mate. “A vos el Mario te pega, nadie que sepa cebar amargos tan buenos como vos, coordina tan mal los pies para bajar las escaleras”, me tiró, y a mi casi se me cae la cara con la dignidad al piso. En ese entonces, era cierto que Mario me pegaba, muy poquito, solo cuando tomaba de más. Yo pensaba que nadie se daba cuenta, que los moretones eran chiquitos, pero la loca Tita tenía la mirada de los ciegos, era de las pocas que podían ver de frente al sol sin lastimarse los ojos y me lo cantó, con la confianza que canta el envido un tramposo. Cuando Mario supo que la loca Tita me había dicho eso, me dejó de pegar. Una cosa era excederse con unas copas, y otra que los vecinos se enteraran. Sabía que Tita lo iba a perseguir a las puteadas, y que cuando eso pasara, él se iba a morir de vergüenza. Mario también estaba loco, y tampoco era boludo.

En el barrio le decimos la loca Tita. Tita porque se llama Roberta, y loca porque asegura que habla con los animales, más que nada con los perros. “En la vida anterior fui callejera”, me contó un miércoles mientras yo barría la vereda. “Marroncita, de cola larga”, sonrió satisfecha. “Por eso hablo el idioma animal, y por eso no me llevo bien con los gatos”, entrecerró los ojos. “Los gatos no son de fiar, ni siquiera los de buen corazón, que son pocos pero los hay. ¿Vos sabes que fueron en su vida anterior los gatos? Abogados, políticos, y empleados del Fondo Monetario Internacional. ¿Y sabes qué son en su vida posterior los perros? Tita. Vos fíjate, nena, En quién confías”.

En el barrio le decimos la loca Tita. Tita porque se llama Roberta, y loca porque usa siempre la misma ropa y se la pone al revés. Tiene la etiqueta de su remera naranja en la garganta, las alpargatas en el pie opuesto, el cierre de la pollera larga y floreada en el ombligo. Dice que todas las personas necesitamos una incomodidad en la vida, pero no todas podemos elegir cual. “Yo elijo cómo ser infeliz, Olguita. Yo elijo a conciencia las cosas de que quejarme. Y elijo que sean pocas, porque apenas se te va la mano, te convertís en una persona amargada. Y de la amargura no hay retorno”.

En el barrio le decimos la loca Tita. Tita porque se llama Roberta, y loca porque tiene casa y familia, pero duerme seguido en la calle. “Cuando una está de remate, lo quieren mandonear. Le dicen a qué hora comer, a qué hora dormir, cuando hay que bañarse. Lo ponen a mirar televisión, lo dejan salir poco a pasear, le meten pastillas. Algunos días lo soporto, y otros días un carajo, me escapo. Cuando uno está cuerdo dirige la vida de otros porque cree que sabe más que cualquiera. Yo estuve cuerda una vez hace mucho. Iba al banco, tenía mi plata, tenía mi trabajo, pagaba impuestos, usaba documento, hasta tuve pasaporte. Tenía mis hijos, mis cigarros, mis clases de pintura, hacia filas para comprar cosas. Yo estuve cuerda y después no lo estuve más… y espero no volver a estarlo, porque ya me olvidé como se hacía”.

A mí me gusta conversar con la loca Tita, por más que Mario me ponga caras y me diga que voy a terminar como ella, sola y desquiciada, con las zapatillas en los pies equivocados. Me gusta porque aprendo cosas, porque nunca dudo que esté loca, pero a veces dudo que no sea libre.

Va ligera de equipaje la loca Tita, carga solo con su locura, y jura que después de haber perdido la cabeza, no tuvo miedo de perder nada más. Tiene el dolor tatuado en los ojos la loca Tita, pero nunca me conto por qué.

Hace un tiempo, empecé a toar notas de nuestras charlas en un cuaderno que tengo escondido en el segundo cajón de mi mesa de luz. Hay una de sus frases que leo todas las noches antes de dormir, mientras Mario se encierra en su ritual del baño:
“Este mundo se divide en rotos, y en descocidos, Olguita. Y cada ser humano tiene que preguntarse qué daño le han hecho las cosas que ha vivido, para saber de qué lado está. La diferencia es fundamental. Lo roto no tiene arreglo, siempre hay pedacitos irrecuperables… y por más que se repare bastante bien lo dañado, sin esos pedacitos, ya no será más la misma pieza. Yo estoy de ese lado, querida, a mí se me partió la cordura y eso ya no tiene solución. Pero la mayoría de las personas están descocidas, y se confunden y se creen rotas. Vos sos una descocida, Olguita. Tenes que buscar el hilo, el tiempo y la paciencia para recomponerte. Pero no estás rota. Tu dolor no es definitivo. Quizás sea desgarrador, pero no es definitivo. Aprendé a coserte, nena, que para aprender nunca es tarde”.

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